martes, octubre 28, 2008

El tan mentado "voto evangélico"



Acaban de concluir en Chile las elecciones municipales 2008 y, a mi parecer, el único cargo que realmente se podía elegir era el de alcalde. La lista de concejales era tan grande, que difícilmente se podía escoger correctamente a uno. Yo creo que por eso las personas más conocidas tenían alguna mayor probabilidad de ser elegido.

Pero el tema del cual quisiera conversar un minuto es el del tan mentado "voto evangélico". Ese que, por estos últimos años, parece ser tan codiciado por los distintos sectores políticos.

El pastor Juan Vidal afirma que "el voto evangélico es transversal", lo cual sería indicativo "de la naturaleza diversa de nuestras iglesias", y una muestra del "ejercicio sano de la libertad".

Yo estoy absolutamente de acuerdo con estas afirmaciones. Recuerdo una encuesta de preferencias políticas de años atrás, efectuada por el programa "Informe Especial", de TVN, que señalaba que las preferencias políticas de los evangélicos eran las mismas de la población en general. Sería bueno poder realizar nuevamente ese sondeo; sin embargo, me atrevería a asegurara que esto no ha cambiado.

Para ser claro: no creo que exista, en el actual escenario político, un tal "voto evangélico". Quizás en un período de intolerancia, si fuere necesario actuar como bloque para evitar atrocidades en contra de la fe, de la libertad de expresión o de culto, entonces podría existir un "voto evangélico". Salvo que la Iglesia fuere un partido político, entonces no debería haber un voto evangélico. Si la Iglesia pretende convertirse en un partido político, entonces estaría renunciando a su propia libertad, pues "amarraría" a los fieles a actuar de determinada manera, de manera coercitiva. Pero eso destruiría a la propia institución... aunque algunos no lo vean así.

Esto me plantea varias reflexiones. Primero: me es molesto que los políticos lleguen a los cultos escondiendo su intención de captar votos. Los evangélicos ya no creemos que un político "sintió algo muy grande en su corazón" al estar en el culto, si vemos que su actuar diario, sus "frutos", siguen siendo los mismos, sin cambiar. Por lo tanto, la evaluación ex-post es la misma que la evaluación ex-ante: si a una persona le gustaba el candidato, votará por él, vaya o no vaya a la Iglesia, y viceversa.

Por otro lado, no es el momento del culto donde un candidato debe dar a conocer sus ideas. El culto es un momento de intimidad con Dios. Después de todo, somos evangélicos, y creemos en Dios, y destinamos ese precioso tiempo a esa relación. El candidato puede indicarme dónde buscar más información respecto de él, informarme por medios escritos, etc., pero no durante un culto. Los cultos no son para ello.

Por lo tanto, si la ida a las Iglesias no le sirve ni a ellos, ni a nosotros, ¿para qué van? O bien, ¿para qué los recibimos de una forma tan "especial"? ¿Por qué no les damos el mismo trato que a cualesquier otra persona que visita nuestras congregaciones?

Otra reflexión es repecto de los candidatos que se dicen "evangélicos" (y que así lo anuncian en sus campañas).

¿Qué se podría esperar, del futuro político de los candidatos evangélicos?

Siendo consistente con la “transversalidad del voto”, el hecho que un candidato sea evangélico no debería asegurar una concentración de votos de los evangélicos para tal candidato. Sólo debería ser apoyado por quienes compartan su visión de país y de la forma de hacer política.

Por ello, a las cualidades moralmente esperables de un evangélico (y hago énfasis en la palabra “esperables”), es indispensable que un candidato cuente con una visión de país, de ciudadanía, que pueda estar inspirado (idealmente) en valores y principios bíblicos.

En este contexto, no puedo dejar de pensar en los aportes de David Trumbull que, sin dejar el pastorado, hizo mover a la sociedad para (en cierta forma) igualar, en tiempos de la más terrible intolerancia religiosa, los derechos de los ciudadanos evangélicos y de libertad de culto de las Iglesias protestantes.

Ahora bien… teniendo libertad de culto y condiciones privilegiadas para ejercer la "Gran Comisión", ¿es necesario seguir insistiendo, ahora como Iglesia, en ganar cierta connotación desde el punto de vista social o jurídico? ¿Es necesario crear un “partido político evangélico”, para que trabaje por nosotros? ¿Dónde está el límite?

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